Esta mañana un ciudadano, dentro de su coche y debajo de mi balcón, se ha puesto a tocar el claxon como un auténtico energúmeno. Supongo que alguna poderosa razón tendría para hacer tal cosa, pero yo, que todavía estaba medio dormido, le he deseado que por lo menos se le pinchara una rueda. También me he acordado de su señora madre, que, sin duda, estaría durmiendo a esas horas, ajena por completo al arrebato polifónico de su propio hijo.
Más tarde, ya desayunando y con la cabeza más fría, he empezado a disculpar el comportamiento de ese anónimo sujeto y a arrepentirme del mío, pensando que el pobre hombre se habría encontrado alguna dificultad para sacar su coche, que tendría prisa por alguna razón personal, etc, y hasta me he apenado por desearle males matinales diversos.
Y es que, seguramente, tanto él, precipitado sobre el claxon, como yo, enroscado en la almohada, nos hemos obnubilado. Yo en el más absoluto silencio. El emitiendo un estridente y molestísimo discurso musical. Cada uno a su manera.
Y pienso: qué frágiles somos los seres humanos que por un quítame allá esas pajas estamos siempre al borde de mandar a la mierda al vecino. Y esa reflexión adquiere tintes terribles cuando se refiere al comportamiento no ya sólo de individuos aislados, sino al de unos pueblos contra otros, enrabietados por profesionales de la cosa. Por ejemplo, algunos políticos nacionalistas, especializados en buscar razones diferenciales.
Bueno, dejemos el asunto. Ojalá el señor del claxon haya llegado a tiempo a su cita, a su trabajo o a Logroño, si es que ese era su deseo y su objetivo para hoy.
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